jueves, 12 de enero de 2017

Comentario de Daniel Rojas Pachas a Trabajo de Campo


Documento de una generación

Comentario de Lorena Amaro a Los Bigotes de Mustafá en Revista Santiago


Los bigotes de Mustafá, una novela de juventud con algo de candidez entusiasmada, puede ser leída como el documento sincero y afectivo de una generación, la de aquellos que nacieron en torno a la fecha del Golpe y que llegaron a la adolescencia sin haber conocido más gobierno que una dictadura.
A Jaime Pinos se lo conoce en el ambiente literario como un poeta de calidad, autor de Criminal y Almanaque, buen conocedor de la poesía de sus contemporáneos y generoso con los más jóvenes, a quienes comenta en el conjunto de textos Visión periférica. Ejercicios críticos (2015). Pero antes de todo eso, antes de ser poeta, antes de ser crítico, Pinos incursionó por una vez en la novela con Los bigotes de Mustafá (1997). Por entonces comenzaba a gestarse La Calabaza del Diablo, proyecto en el que Pinos colaboró activamente, tanto con la publicación de este primer libro bajo ese sello como en la redacción de la revista homónima, que marcó una época para los lectores chilenos.

A 20 años de la publicación de aquella primera novela y a 10 de que muriera Pinochet (aludido en esta obra como “El Jefe Supremo”), Los bigotes de Mustafá es reeditada por LOM, una editorial comprometida desde hace décadas, como la propia escritura de Pinos, con la crítica política y social. Esta reedición debe ser leída en este contexto. Constituye un gesto de recuperación de la memoria: Los bigotes de Mustafá, una novela de juventud con algo de candidez entusiasmada, puede ser leída como el documento sincero y afectivo de una generación, la de aquellos que nacieron en torno a la fecha del Golpe, y que llegaron a la adolescencia sin haber conocido más gobierno que una dictadura.

Cuando se publicó el texto, Pinos tenía 26 años y esa juventud se deja sentir en las páginas de la novela: un grupo de amigos opositores a la dictadura, casi recién salidos del colegio, se autodenomina “La Logia” y se reúne a escuchar discos, fumar “hipotálamos” y tramar acciones poético-políticas contra el Jefe Supremo. Quien lleva la cuenta de los días en un “Anecdotario Magistral” es el “Escriba”. Al ritmo de Fito Páez, Silvio Rodríguez, Charlie Parker y Chet Baker, esta libreta revela los deseos de aquellos jóvenes ansiosos por vivir libre y lúdicamente la amistad, los proyectos, las luchas.
La narración se establece a partir del momento en que el Escriba encuentra sin querer el cuaderno (“seguramente buscaba algún libro de Cortázar”, dice literal y simbólicamente) y estructura lo que nunca antes pudo conseguir: una novela. Al material hallado se suman recortes de prensa e imágenes que permitirán completar la historia de un tiempo, el del año del plebiscito, 1988: “Hago esto para ayudar a la memoria a recordar. A recordar ese tiempo que ahora parece tan lejano y está apenas a la vuelta de la esquina. Ese tiempo en que todo era tan distinto”.

Emplazado ya en la decepcionante década de los 90, cuando la memoria de las luchas está todavía fresca pero parece lejana, el Escriba relee y reescribe porque este ejercicio “puede servir como una pista de quiénes éramos entonces para ayudarnos a saber quiénes cresta somos hoy en día”. Es, entonces, la búsqueda obsesiva de una generación que perdió el sentido histórico que animó a la generación de sus padres, desde el momento en que el cambio de mando del 89 se reveló como una forma de continuidad económica y social, con el poder militar todavía muy presente.

La novela no está del todo lograda. Además de instalarse ciertos estereotipos de género (las mujeres “brujas”, intuitivas, afectivas; los hombres políticos e intelectuales), el final resulta acelerado e ingenuo. Sin embargo, quien la lea encontrará una serie de aciertos de observación, que exhalan el aire enrarecido y vil de la dictadura: “Encender el televisor y ver desde la pantalla al animador de las tardes sabatinas que sonríe y le pregunta al concursante a quemarropa: ¿dispara usted o disparo yo? Usted. Redoble de tambores. El animador alza el revólver de fogueo. ¿Está seguro? Close up al rostro tenso del concursante. Casado, cinco hijos, cesante hace seis meses. ¿Está seguro? Los millones, el auto cero kilómetro, el viaje al Caribe (…) El animador que empieza a jalar lentamente el gatillo”. Fotos, noticias, anécdotas de un tiempo que revive en la escritura de Pinos con proximidad y que se agitan en el sótano de la memoria: “Descalificada canción peruana. Polémica entre los organizadores del Festival de la Canción desató la canción peruana, que repite 18 veces la palabra NO en el estribillo…”.

El lenguaje, sencillo y musical, está al servicio de las modestas anécdotas de los personajes. Los encarcelamientos y la represión se viven cotidianamente, como el retorno del exilio o el entrenamiento de guerrilla. La novela de Pinos vive como un documento, que interpela afectivamente a los jóvenes de entonces. Por lo mismo, porque es el canto a una generación y se trata de una especie de edición conmemorativa, LOM pudo cuidar un poco más la revisión de las numerosas erratas (“Billy Halliday”, “Charly Parker”) que burlan la construcción de esa memoria y distraen de las principales preguntas que plantea el libro: cómo se escribe una novela, y sobre todo cómo se puede salir de “la Gran Amnesia”.


martes, 10 de enero de 2017

Vuelve Los bigotes de Mustafá


Txt de Ramón Díaz Eterovic en revista Punto Final

Jaime Pinos Fuentes (1970) pertenece a ese grupo de escritores que eran niños al momento del golpe militar, y que años más tarde, un poco antes y después de la mentada recuperación de la democracia, se une a las luchas estudiantiles que desde entonces han puesto su acento en las desigualdades económicas y sociales que caracterizan a la sociedad chilena. Pinos es un autor de amplio registro. Como poeta ha publicado “Criminal”, “Almanaque” y “80 días”, textos estrechamente unidos al acontecer social y a personajes marginales. 

El año 2014 publicó “Visión periférica” un libro de ensayos, crónicas, entrevistas y notas de lecturas que muestran otra faceta de Pinos, la de un escritor preocupado de la escena literaria y política chilena que explora en distintos textos publicados por otros autores en los últimos años. Textos que en su mayoría han recorrido los caminos de la autoedición, de la marginalidad editorial que identifica a muchos autores de las nuevas hornadas. Su apuesta en este libro busca abrir brechas para el debate literario y ampliar horizontes a la crítica literaria más bien pobre de espacios que caracteriza al medio literario nacional. “Visión periférica” es un libro importante para quienes quieran conocer una mirada distinta del quehacer literario; una mirada que escudriña en los márgenes para hablar de textos y creadores que habitualmente no ocupan las páginas de los acotados medios de la prensa, y en los cuales, generalmente, las páginas culturales son escasas y con poco espacio para los escritores más jóvenes e innovadores. Un libro que dialoga con la tradición poética, encarnada en poetas como Enrique Lihn y Gonzalo Millán. Según Pinos, sus textos de “Visión Periférica” apuntan a reconocer “lo que se ve por el rabillo mientras se mira hacia adelante”. Textos “para ensanchar la visión y volver más ágil el ojo del lector, porque así como la vida cotidiana, la Historia verdadera no está hecha de efemérides, la literatura tampoco está exclusivamente en la soledad de las cumbres. Las cumbres son para los andinistas y los profetas, como dice Gonzalo Millán. Lo que importa son los valles, los espacios donde realmente habitamos. Donde día a día, escribimos y leemos”. Una cita extensa de Pinos que reproducimos porque sintetiza fielmente la postura crítica y creativa de su autor. 

Jaime Pinos fue uno de los fundadores de la emblemática revista “La calabaza del diablo”. En 1997 realizó su primera incursión en la narrativa, publicando la novela “Los bigotes de Mustafá”, que pese a sus pocos ejemplares, dio de qué hablar entre quienes la leyeron y obtuvo un importante reconocimiento en el Premio Municipal de Santiago. Una novela que vuelve a estar a disposición de los lectores, publicada esta vez por la editorial LOM. 

“Los bigotes de Mustafá” es una novela de crecimiento, protagonizada por un grupo de muchachos que ven con incertidumbre y no pocos temores el rumbo que sigue el país al mando del dictador y sus secuaces. Muchachos que buscan un proyecto vital antes que la vida los consuma con sus rutinas y cansancios. “Pienso en este país que nos tocó vivir –dice el narrador de la novela-. Este país en que hemos crecido. Este país donde aprendimos a leer deletreando los nombres de los últimos asesinados en las paredes del barrio y al día siguiente, en las letras rojas del diario, las promesas del Jefe Supremo anunciando el futuro esplendor de la patria”. Los muchachos integran un grupo que llaman la “Logia”, unidos por cierto desamparo y un instintivo sentido solidario. Cada miembro del grupo es un mundo aparte, desde los que aspiran a ser músicos o escritores, hasta la hija de exiliados que no se reconoce en el país de sus padres, o el caso de Esteban, quien decide seguir el camino de la lucha armada contra el tirano. La “Logia” constituye una buena síntesis de las inquietudes y derroteros juveniles de la época. La novela también acierta en el retrato social de los días anteriores al plebiscito entre en el Sí y el No. El miedo para expresarse, las dudas sobre el proceso, las presiones reiteradas de la dictadura, son entre otros, elementos que se desarrollan a lo largo de esta novela que pese a los años transcurridos desde su primera publicación, mantiene su atractivo, el acento lúdico, la complicidad que generan sus protagonistas. Destaca también su estructura de diario intervenido con fotos, recortes de prensa, poemas y otros elementos que permiten representar con mayor precisión los aires de la época y los sentimientos de los personajes.

“Los bigotes de Mustafá” es una buena novela que nos sitúa en una época de esperanza y anticipa muchas de las falencias que caracterizan a la sociedad chilena actual. Un texto original y atractivo de un autor que es una voz importante de su generación y que siempre presenta propuestas literarias que, como espejo implacable reflejan los rostros de un país que parece naufragar en las desigualdades más profundas. 

Publicado en Revista Punto Final N° 863.




lunes, 19 de diciembre de 2016

Persistencia del llantén


Caja de Cambio de Marcelo Arce Garín

Y la conciencia de la pérdida/me da la conciencia de mi diversidad/¿Qué sucederá a partir de esta noche? Con estas palabras de Pier Paolo Pasolini se inicia este libro. Caja de cambio. Mecanismo del movimiento. Engranaje de las velocidades en que transcurre este trayecto textual e imaginario. No un libro de poemas, más bien un largo plano secuencia. La cámara que filma, sin interrupciones, que recoge fragmentos de voces, lugares, objetos. Relato que se articula durante ese ejercicio de recolección y montaje de registros actuales e imágenes de la memoria. La conciencia de la pérdida, escribe Arce citando a Pasolini. De eso habla este libro. Cabe entonces preguntarse qué es eso que se ha perdido y que estos poemas tratan de hacer patente.

La patria se triza en mil pedazos/su columna/es astilla uniforme/mancha del ocaso. Un país hecho pedazos. La patria desmembrada, astillada su columna, repartida en los mismos lugares del dolor que nombran las tres secciones en que se divide este libro: Fractura. Llagas. Costra. Poesía que se escribe entre los escombros y las ruinas. En ese contexto, la perspectiva de este libro, sin embargo, es aún más específica, más localizada. Esta es poesía provincial. Su locación son las calles laterales y las ciudades provincianas a las que alude The Smiths en la citada letra de Panic. Pánico en la provincia. Una provincia cuya vida cotidiana ya está muy lejos de cualquier bucolismo tras la exposición por décadas al mismo capitalismo que la ha depredado en los grandes centros urbanos. Una provincia que podría ser San Bernardo, si se atiende a los epígrafes de Boris Calderón y Yuri Pérez. Pero que también podría ser cualquier otro lugar periférico trasformado, cualquiera sea la distancia geográfica de la metrópolis, por la ocupación cultural del dinero y el consumo que copa toda la extensión del largo y angosto territorio. 

Leído el libro desde esta perspectiva, vale la pena volver a Pasolini y citar en extenso un texto suyo incluido en Escritos Corsarios. El texto se llama Aculturación: Ningún centralismo fascista ha logrado lo que el centralismo de la sociedad de consumo. El fascismo proponía un modelo, reaccionario y monumental, que luego se quedaba en letra muerta: las culturas particulares (campesinas, subproletarias, obreras) seguían obedeciendo imperturbables a sus modelos antiguos. La represión se limitaba a obtener su adhesión de palabra. Hoy, por el contrario, la adhesión a los modelos propuestos por el Centro es total e incondicional. Se reniega de los modelos culturales reales. La abjuración es un hecho. Se puede decir, por lo tanto, que la “tolerancia” de la ideología hedonista implantada por el nuevo poder es la peor de las represiones de la historia humana. 

Estas palabras, escritas a inicios de los setenta en Italia, sirven para describir el paisaje vital y humano en que los textos de este libro se despliegan. Aculturación. Victoria total del centralismo de la sociedad de consumo sobre las comunidades locales, sus costumbres, su lenguaje. Homologación de toda identidad particular a la gramática impuesta por el poder central. Una gramática de la alienación definida en dos palabras por el mismo Pasolini: consumo más televisión. Los cartoneros comunales/se toman la calle/y el frío parte sus manos/gruesas/como cuero de leguero, escribe Arce. La comunidad es lo perdido en un espacio ahora inhóspito y ajeno, donde el frío y la pobreza se han tomado las calles. Donde El corazón morado a puñetazos/solloza en las cornisas. Donde la explotación es la misma que en todas partes: Hijo del lumpenaje, te oprimen cadenas,/y esa injusticia no puede seguir. 

Esa es la situación. Sin embargo, estos poemas, estos cortos filmados en travelling, asumen la tarea que le cabe a toda poesía verdadera: resistir. Recuperar en este caso lo que aún sobrevive a pesar del avance incontenible de la aculturación capitalista. Lo que su maquinaria se empeña sistemáticamente en ocultar o borrar. Buscar las huellas del pasado que sobreviven a contramano de las mutaciones que impone el centralismo del consumo. La poesía es siempre un trabajo de identidad y memoria. Hacer ese trabajo sin nostalgia, con el afán de encontrar las metáforas correctas para nombrar lo que todavía late en esas calles laterales de los pueblos provincianos, a pesar del arrase y la uniformización.

La historia de viejos cines barriales que devienen en templos evangélicos: Tardes invernales/tres por uno/Cine Moderno/Cine Continental/viejo teatro/casa del señor/morada de ratas/PARE DE SUFRIR. Canciones olvidadas, sentimentalidades de radio en la cita al clásico programa de tangos de Alodia Corral: clavijas de arrabal. Canto del cuculí que aún puede escucharse en medio del ruido si el oído está realmente atento. Persistencia del LLanten/yerba bella plebe que todavía crece a pesar del avance del cemento. 

Valparaíso. Diciembre de 2016

Caja de Cambio
Poesía
Marcelo Arce Garín
Ediciones Etcétera. Concepción, 2016


jueves, 17 de noviembre de 2016

Los pies en la calle

Calle Abierta de Patricio Contreras Navarrete

Hay un oasis en el centro de este poema/y una aduana que separa a la realidad de la literatura/una calle abierta hecha de textos que se vuelven fotos/pinturas/películas/canciones/pastiche. Estos poemas de Patricio Contreras trazan un recorrido por esa calle. La calle abierta que conduce al barrio y al imaginario popular. Ese territorio sentimental y político donde la vida cotidiana transcurre bajo los signos contrarios del poder y la resistencia. Donde se juega a la pelota sobre la superficie áspera de las canchas de tierra: A nosotros nos tocó el dolor compartido/ jugar a la pelota en las tierras baldías/escuchando el charchazo que le da la miseria/a la cara B de la realidad. 

Recorrer esa calle. Jugar en esa cancha. Escribir poesía allí donde suceden los trabajos y los días de esa parte del país tan ausente de nuestra literatura actual: el mundo popular, la vida de aquellos que habitan en los márgenes del poder y del dinero. Hacer ese registro sin pretensión épica ni estetización alguna. La cámara es usada aquí a la manera del neorrealismo italiano. Escenas y personajes que se nos muestran tal cual son. Aún en lo que esas vidas llevan de fracaso, violencia y degradación. Aún en lo que esas vidas metaforizan respecto de un país reducido a un sitio eriazo, a un lugar en ruinas. El retrato de un país picado a pedazos cuyo destino está jugado a la ruleta rusa: el tablero es un país picado a pedazos/los jugadores le van apostando al rojo/y a mí cada vez me importa menos quién gana y quién pierde/porque la noche nos cobija a todos. Escenas y personajes perdidos en esa noche que nos cobija, sin excepción, a todos quienes vivimos en la larga y angosta república. Fotogramas capturados en medio de esa oscuridad profunda, imágenes recuperadas desde los territorios nocturnos de Chile. 

Sin embargo, más allá de esa película filmada entre las ruinas que es este libro, sus versos son también una investigación sobre la posibilidad de una identidad colectiva. Una posibilidad que reside, más que en algún discurso ideológico, en las prácticas de la vida cotidiana y sus relatos. En el imaginario que es construido desde ahí. El fútbol es la metáfora de una pasión compartida que repone la posibilidad de un nosotros. De un pueblo que lee la confrontación futbolística no sólo como deporte: ritual de pasión a la medida de tantos hinchas/ gritando en el oído de este país de cuicos/ siútico hasta la náusea / llorón ante el carnaval de miles de creyentes de la más pura cepa/ porque a estas alturas usted ya debe saberlo: el fútbol es nuestra religión de barrio/ y la cancha es la gruta de nuestra devoción. 

Fútbol y conciencia de clase, una sola cosa. Una sola devoción compartida. Pero también, el fútbol como parte de la propia biografía, de la educación sentimental. La cancha como locación de las fotografías del álbum familiar: Mi padre siempre me decía/ que el fútbol cambia de perspectiva cuando juegas para gambetear al hambre/ cuando sales a la cancha para olvidar/ que en tu casa te espera lo mismo: el viejo llorando/ el refri vacío / tus hermanos peleando otra vez para ver/ quién se come el último pedazo de pan. Cancha y vida personal, una sola cosa. Arte de la gambeta como recurso para la supervivencia en un partido que, se sabe, siempre estuvo y estará arreglado. 

Desde otro ángulo, Calle Abierta plantea una exploración de la poesía política o social como proyecto y como problema. Una exploración orientada, en cualquier caso, por una coordenada clara. Por una estrategia poética y vital para cruzar esa aduana que separa realidad y literatura: tenemos los pies bien puestos en las calles/y no tenemos miedo a asumir una postura política/que llame –sin titubear– a las cosas por su nombre. 

Llamar a las cosas por su nombre, una postura política. Coincido plenamente con ese planteamiento. Creo que frente al ruido y la saturación que dominan esta calle sin salida aparente en que nos movemos, un trabajo fundamental de la poesía es justamente ese. Hablar claro. Llamar a las cosas por su nombre. Hacerlo sin titubear. Hacer del lenguaje una herramienta útil para la comprensión de la realidad. La poesía no es un atentado celeste/es un estallido negro/Es colocar bombas molotov en los cimientos de la realidad/ y en la lengua de los farsantes. La poesía como forma de sabotaje. Dejar los pies en la calle para colocar esas bombas y despejar el camino. Sortear el bloqueo que se nos ha impuesto. Hacer de la calle ciega en que nos movemos una calle abierta donde sea posible vislumbrar de nuevo el horizonte. 

Valparaíso. Noviembre de 2016

Calle Abierta
Poesía
Patricio Contreras Navarrete
Ediciones Balmaceda Arte Joven. 2016







lunes, 7 de noviembre de 2016

Vida Salvaje

(a partir de las fotografías de SABANNA de Emiliano Valenzuela)


el ojo se mueve por la vasta extensión de la llanura, se desplaza por esta sabana, captura imágenes del espacio, de las cosas, de la flora y la fauna que habitan aquí, los árboles escasos en medio de las enormes praderas tapizadas de hierba, ahora muy corta y casi enteramente seca tras la dilatada duración de la última estación del fuego, demasiado larga, tan larga que ha vuelto casi imposible la vida para los habitantes de este paisaje, el espacio mental o metafórico desplegado en esta sabana, donde hace mucho no cae una sola gota de lluvia y el calor abraza, drena las marismas, obliga a los habitantes a desplazarse en manadas y rebaños numerosos que buscan desesperados agua y alimento, a los que se quedan, a agruparse cerca de los pocos lugares con agua todavía, siempre atentos al acecho de los depredadores que también se han quedado y tienen hambre acumulada, esa es la ley acá, la ley del hambre, el juego mortal de la cacería, comer y ser comido, eso es la vida en esta sabana, en este espacio mental donde el ojo se mueve, donde el corazón busca la memoria, aquí, donde la vida es salvaje, como lo ha sido también en otros parajes, como en la larga y angosta sabana donde el ojo ha nacido y crecido hasta hacerse mayor, la misma ley, la danza violenta de la presa y el cazador, la coreografía de la muerte, sus movimientos, sus imágenes, piezas del collage de la depredación, sintagmas de su gramática sangrienta, todo lo que sangra puede matarse y ser comido, acá las cosas suceden bajo esa lógica implacable, las leonas cazan al búfalo, el león come primero, luego las leonas, los cachorros, la hienas llegan, toman su parte, los chacales y los buitres se disputan las sobras, las moscas acaban de limpiar los huesos, es así, acá casi no hay árboles, no hay donde trepar ni esconderse, nadie escapa a la ley del hambre, a la ley de la cacería, nadie escapa de la sed bajo el sol de fuego que lo abraza todo, que enciende gigantescos incendios que se extienden con rapidez consumiendo el pastizal, iluminando la noche inmensa, la estampida de los habitantes huyendo de las llamas, la sabana se quema como la memoria, como un montón de huesos blancos, el ojo que ve estas imágenes, que las captura y las fija, sabe del peligro, sabe que la lluvia todavía tardará mucho en caer desde este cielo, que la sequía y el fuego arrasarán por mucho tiempo más este paisaje, este espacio de la mente, este pasaje en el tiempo hacia la realidad conocida de la larga y angosta sabana donde nos ha tocado vivir, su naturaleza humana, la violencia abyecta del único animal en estas llanuras que no solo mata por comer, el ojo que ve y captura las imágenes sabe que se mueve entre los depredadores, que debe desarrollar el mimetismo, aprender a camuflarse, a confundir, como las líneas de la cebra, al ojo del león, el otro ojo, el que captura estas imágenes. ha aprendido a moverse, a respirar en la humareda, a enfrentar los peligros que implica sobrevivir en esta sabana, a correr el riesgo de ver cómo son las cosas aquí adentro, a armarse del valor necesario para no desviar la vista, para mirar de frente los horrores de nuestra vida salvaje


domingo, 6 de noviembre de 2016

Lengua sin lepra

Lenguas de humo transparente de Sergio Muñoz

Una lengua es un sistema de signos definidos por sus relaciones mutuas, dijo hace mucho el viejo Saussure. Una lengua es una constelación de signos. Lengua muerta. Lengua en Blues. Lengua Ósea. Ahora Lenguas de humo transparente. Creo que los libros de Sergio Muñoz, que cubren un arco de más de veinte años de escritura, podrían ser leídos, desde esta perspectiva, como distintos momentos de un proceso único. El diseño progresivo de un sistema. La paulatina articulación de una lengua. Cada libro como una variante o una reiteración de ciertas modulaciones. Como una forma de utilizar determinados materiales de construcción. Palabras, imágenes, signos. Una poesía donde lo fundamental no es de qué habla, sino de qué está hecha esa lengua. Su lengua.

Algunas notas sobre su morfología y su sintaxis.

La lengua de este libro está hecha de tiempo. Espejismo infame el de la noche/como si el tiempo fuera algo más que el límite que es/dictando en su filo la simetría del adiós/en los idiomas transparentes de todas las edades. Una lengua, una poesía, escrita con plena conciencia de ese límite, el tiempo. Una escritura que asume su propia caducidad, la imposibilidad de trasponer esa frontera: Encadenando las palabras/sin milagros ni ambigüedad/ni pellejos con sangre/en este tiempo de derrota que es el único tiempo. Encadenar las palabras sin esperar el milagro de vencer al tiempo. Sin la ilusión de la posteridad. Esta es una lengua que asume su derrota. O mejor, que se define por su búsqueda de la fugacidad. 

La lengua de este libro está hecha de memoria. A pesar de reconocer al tiempo como una barrera infranqueable, estos poemas emprenden la tarea del recuerdo: Y aunque nada permanece/la memoria/se encarga de ajustar los finos engranajes del recuerdo, dice uno de sus versos. Una tarea improbable, como la mayoría de los trabajos de la poesía, donde la palabra es apenas una marca en el agua, un manotazo en el aire, un rasguño. Donde la palabra es una Leve sílaba que es memoria y cosquilla del recuerdo. No es el pasado literal el que nos domina, sino las imágenes del pasado, escribió George Stiner. Estos poemas, la lengua en que están escritos, se comprende a sí misma como una labor de recolección de esas imágenes, de esos fragmentos dispersos. El pasado se pierde y, sin embargo, es posible encontrar y coleccionar algunas imágenes como quien recoge guijarros en las aguas de un torrente. La poesía como una forma de decir y de hacer para tener un mínimo lugar en la memoria/que sólo recoge/fragmentos/pedazos/miseria.

La lengua de este libro está hecha de silencio. Silencio que es abordado aquí desde distintos ángulos. Primero, como interrogación sobre el estado del mundo. Como reza uno de sus versos: Porqué las cosas emergen del silencio en que están? Segundo, como el deseo de una situación propicia para comprender y comprenderse. Como la condición necesaria para la poesía entendida como una exploración que debe ir más allá que las palabras: Hay otras dimensiones en esto y en todo/pero a veces pienso en cualquier cosa que no sea palabra/que sea sombra/que sea silencio y me colme. Sombra en vez de palabra. Escribir para colmarse de silencio. No/la poesía no se escribe con silencio/es silencio, escribe Muñoz. La poesía, como dijo Enrique Lihn, es más bien una manera de callar.

De estos y otros materiales está hecha la lengua en que fue escrito este libro. Sin embargo, cabe la pregunta que se hace en uno de sus versos: Por qué insistir en esta ausencia de lenguas de humo transparente? 

Ensayo una respuesta aludiendo a un poema de Miseria del hombre de Gonzalo Rojas. El poema se llama La lepra, comienza así: Todavía recuerdo mi clase de Retórica./Ceremonia del Juicio Final. Un gran silencio/hasta que el Profesor irrumpía: «Sentaos»./«Os traigo carne fresca». Y vaciaba un paquete/de algo blando y viscoso/envuelto en diarios viejos como un pescado crudo,/sobre la mesa en que él oficiaba su misa. La misa retórica: una exhibición forense sobre la mesa de disección de los restos de la Gran Literatura: lenguas, dientes, narices, pulmones, vientres, manos/que un día fueron órganos de los grandes autores. Termina la clase, el profesor de retórica se retira con sus despojos en el paquete. Estos versos cierran el poema: Todavía recuerdo mi clase de Retórica/en que la vida y la belleza/eran un plato de carne podrida./Yo tuve que cortarme la lengua en la raíz/para librarme de la lepra.

Creo que este libro está escrito, en el mismo sentido de Rojas, contra la retórica. Que su lengua está hecha de tiempo y de silencio para aprender a hablar desde otro lugar. Un lugar distinto a la suficiencia y la vacuidad de cierta poesía. El lugar de la poesía/si es que ese lugar existe, escribe el autor. Esa duda y, sobre todo, la voluntad de escribir a pesar de ella, son el camino hacia ese lugar improbable. La apuesta por la posibilidad, incierta pero hermosa, a que está jugado este libro. La posibilidad de que, aún en medio de todo este ruido, de tanta palabra vacía, todavía podamos aprender una lengua libre de la lepra. Que podamos recuperar con ella la vida y la belleza. 


Valparaíso. Noviembre de 2016 

Lenguas de humo transparente.
Poesía.
Sergio Muñoz Arriagada.
Ediciones Altazor. 2016.